Amor propio y amor por los demás: una falsa elección

Camilo Fernández Vergara 29 de septiembre de 2026 Belleza y autenticidad

Si abriste tus redes este mes, ya la leíste. En todas sus versiones: «Primero tú, después tú y al final tú». «Nadie te va a amar si no te amas primero». «Suelta a quien no te suma».

Ilustración en rojo de dos rostros de perfil, un hombre y una mujer, unidos por una línea que forma un corazón
Ilustración: Canva

Septiembre es el mes del amor y la amistad en Colombia, y detrás de esas frases hay dos ideas que se repiten tanto que parecen verdad.

La primera: que el amor va por turnos. Primero tienes que terminar de amarte, y solo después podrás amar a alguien.

La segunda, más silenciosa: que el amor se excluye. Que cuando está el amor por ti no cabe el amor por los demás, y al revés. Como si fuera una cantidad fija: lo que le das a otro, te lo quitas a ti.

Hace setenta años, un psicoanalista ya les había respondido a las dos:

«El amor a los demás y el amor a nosotros mismos no son alternativas».

Erich Fromm, El arte de amar (1956).

Fromm les recordaba a sus lectores que el mandamiento más antiguo sobre el tema dice «ama a tu prójimo como a ti mismo». No dice «después de ti», que sería un turno. Tampoco dice «en vez de ti», que sería una exclusión. Dice «como».

Esas frases aciertan en algo: cuidarte no es egoísmo, nadie debería quedarse donde le hacen daño, y poner límites es muchas veces la forma más honesta de querer.

Pero la psicología ha puesto a prueba las dos ideas. Y ninguna de las dos resiste los datos.

Primera idea: el amor no va por turnos

El psiquiatra británico John Bowlby dedicó su carrera a estudiar el apego: el vínculo que formamos con quienes nos cuidan desde niños. Su hallazgo central es que de ese vínculo salen dos ideas al mismo tiempo. Una sobre uno mismo: «merezco que me quieran». Otra sobre los demás: «puedo confiar en ellos». No se forma una primero y la otra después. Se forman juntas.

En 1991, los psicólogos Kim Bartholomew y Leonard Horowitz clasificaron el apego adulto cruzando esas dos ideas. El apego seguro, el más sano, es el que tiene las dos en positivo a la vez: una buena imagen de uno mismo y una buena imagen de los demás.

También hay experimentos. Los psicólogos Mario Mikulincer y Phillip Shaver activaron por un momento la sensación de seguridad de sus participantes, por ejemplo pidiéndoles recordar a alguien que los había cuidado. Justo después, esas personas sintieron más compasión ante el sufrimiento de un desconocido y estuvieron más dispuestas a ayudarlo, incluso cuando ayudar les costaba algo.

Fíjate en el orden: sentirse querido fortalece el amor propio, y ese amor propio se vuelve de inmediato cuidado hacia otros. No hay una etapa que terminar antes de la siguiente. Ocurren en el mismo movimiento.

Traducido: nadie aprende a amarse solo y después sale a amar. Aprendemos a querernos porque alguien nos quiso, y cuando nos sentimos queridos, queremos mejor.

Segunda idea: amarte no te resta a los demás

Si la exclusión fuera cierta, los estudios tendrían que mostrar un patrón muy claro: quien más se quiere a sí mismo debería querer menos a los demás, y quien más da a los demás debería quedarse con menos para sí. Muestran exactamente lo contrario, en las dos direcciones.

Quien más se quiere, más cuida. La psicóloga Kristin Neff, de la Universidad de Texas, estudia la autocompasión: tratarte con amabilidad cuando te equivocas, en lugar de castigarte. En 2013 estudió a 104 parejas. Si el amor propio le quitara espacio al otro, las personas con más autocompasión habrían sido las más frías. Según sus parejas, fueron las más afectuosas y consideradas. Las más distantes y controladoras fueron las que menos autocompasión tenían.

Ese mismo año, Neff y Elizabeth Pommier midieron las dos cosas a la vez en casi mil personas. En adultos y en personas que meditan, más autocompasión vino con más empatía, más altruismo y más capacidad de perdonar. En estudiantes universitarios la relación apareció solo en algunas medidas, pero en ningún grupo fue al revés. Y en todos, quienes se tratan con amabilidad se angustiaron menos ante el sufrimiento ajeno: pueden acompañarlo en lugar de huir de él.

Quien más da, no se queda con menos. En 2018, un equipo de la Universidad de Oxford reunió 27 estudios con más de 4.000 personas para saber si hacer algo amable por otro le quita algo a quien lo hace. Ocurre lo opuesto: su bienestar sube, de forma moderada pero consistente.

Y a quien amas, lo llevas dentro. El psicólogo Arthur Aron y su equipo encontraron en 1991 que en las relaciones cercanas la frontera entre «yo» y «el otro» se vuelve borrosa: las personas dudaban más al decir si un rasgo era suyo cuando no lo compartían con su pareja, como si las dos listas se hubieran mezclado.

Es la versión con datos de lo que el psiquiatra estadounidense M. Scott Peck había escrito pocos años antes:

«No solo el amor propio y el amor a los demás van de la mano, sino que, en última instancia, son indistinguibles».

M. Scott Peck, La nueva psicología del amor (The Road Less Traveled, 1978).

Traducido: el amor no es un pastel que se reparte. Es como regalar un globo en forma de corazón sin soltar el tuyo: al final, los dos tienen uno.

Ilustración de dos amigos: ella le entrega un globo rojo en forma de corazón sin soltar el suyo
Ilustración: Canva

Lo que sí excluye a los demás

Entonces, ¿de dónde sale la sensación de que amarte deja a los otros por fuera? De confundir el amor propio con su imitación. Hay tres.

La primera imitación es el egoísmo. «El egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser idénticos, son realmente opuestos», escribió Fromm. El egoísta no se ama demasiado: se ama poco, y por eso necesita acaparar.

La segunda es la comparación. En un estudio con más de 2.000 personas, Neff y Roos Vonk encontraron que la autoestima global, esa evaluación de cuánto valemos que suele apoyarse en compararnos con otros, se asociaba con narcisismo. La autocompasión, no. Una necesita que otro quede abajo. La otra no necesita ganarle a nadie.

La tercera es la autosuficiencia. Bartholomew y Horowitz describieron a quien se valora y concluye que no necesita a nadie, casi el eslogan de las redes. No lo llamaron amor propio: lo llamaron apego evitativo desentendido, una forma de inseguridad.

El amor propio que excluye no es amor propio. Es su imitación.

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La estética que compara y la que cuida

Aquí todo esto se conecta con nuestro oficio, porque la estética también puede nacer del amor propio o de su imitación.

Puede nacer de la comparación: querer la nariz de alguien, los labios de una influenciadora, la cara que tiene más likes. Esa estética se parece al falso amor propio. Necesita que otro pierda para que tú ganes, y nunca se sacia.

O puede nacer del cuidado: reconocer lo que te hace ser tú y resaltarlo, sin intentar parecerte a nadie. Es la estética responsable en la que creemos, y la que ya describimos en «La estética: ¿autenticidad o máscara?», en «¿Por qué nos cuesta ver nuestra propia belleza?» y en «La tragedia nos enseña a distinguir entre la estética y la anestesia».

Un ejemplo concreto. Un ácido hialurónico en labios o una sesión de toxina en el tercio superior no están para darte la boca ni la frente de otra persona. Están para cuidar las tuyas: las mismas con las que les sonríes a los tuyos.

Una valoración honesta empieza por preguntarte qué quieres cuidar, no a quién te quieres parecer. Y a veces la respuesta responsable es que no necesitas nada.

Ilustración de un hombre y una mujer que se miran juntos en un espejo redondo que los refleja tal como son
Ilustración: Canva

Amarte y amar a otros es el mismo músculo

La próxima vez que leas «primero tú», recuerda las dos respuestas.

No hay turnos. Aprendiste a quererte porque alguien te quiso primero, y cada vez que te sientes querido, quieres mejor. Y no hay exclusión. Lo que das no se te descuenta: se te suma. Quien se trata con amabilidad cuida mejor a los suyos, y a quien amas, lo llevas dentro.

Llevadas a la estética, esas dos respuestas cambian la pregunta de siempre.

Si no hay turnos, no tienes que terminar de arreglarte para merecer que te quieran, ni para querer. Ningún tratamiento es un requisito para el amor: ni para darlo ni para recibirlo.

Si no hay exclusión, cuidarte no es una vanidad que le quita algo a los demás. La piel que cuidas es la que abrazas. La sonrisa que cuidas es la que les regalas a los tuyos. Lo que haces por ti, desde el cuidado y no desde la comparación, también les llega a ellos.

Por eso este mes te dijimos que tus amigos no se parecen a nadie, y tú tampoco.

Eso es lo que entendemos por la estética de todos. No te pide parecerte a nadie, ni elegir entre tú y los que quieres. Te ayuda a cuidar lo que ya eres, para que lo que cuidas en ti también lo reciban ellos.

Peck tenía razón: al final, amarte y amar a otros son indistinguibles. Es el mismo músculo, y se entrena en los dos sentidos a la vez.

Amarte no te obliga a elegir. En este mes del amor y la amistad, no elijas.

Cuidarte también es cuidar a los tuyos

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Camilo Fernández Vergara, cofundador de Promoestética
Me gusta aprender, estudiar, preguntar y conversar. Curioso y entusiasta del conocimiento. Me gustan los deportes y las intersecciones entre tecnología, humanidades, ciencias y emprendimiento. Disfruto estar conmigo mismo, pero también con familia y amigos. Co-fundador en Promoestética.

Camilo Fernández V.


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